Los primeros compases de la Quinta Sinfonía de Beethoven


Abordaré algunos episodios o aspectos de la 5a de Beethoven, como continuación a lo que he venido haciendo con mis reflexiones acerca de la forma sonata, pero también como ocasión de explorar la intuición de que en esta sinfonía de Beethoven se expresa en grado máximo algo que podría llamarse un espíritu morfo-genético: una conciencia (exhibida por Beethoven en medida extraordinaria) generadora de estructuras musicales tales que nos parecen el reflejo de una "música de las esferas". 

Alguna vez se quiso interpretar el misterio de la experiencia musical a través del concepto de la música como un microcosmos isomórfico a una "música de las esferas" en la estructura de nuestro sistema planetario; pero creo que la mayor propiedad de la expresión "música de las esferas" es la que alcanza ésta en referencia a un orden cósmico: un campo de operación de leyes universales. Al abordar la quinta sinfonía de Beethoven, comienzo por proponer entonces que ella no sólo se nos hace como un símbolo acústico de aquel proceso interno de transformación que constituye el evento máximo en la vida de un ser humano, sino que nos llega como "música cósmica": música que nos hace sentir que constituye una metáfora del universo mismo. 

Más aún: sentimos que el proceso de muerte y resurrección que ella evoca no constituye sólo un acontecimiento propio de la vida humana. 

En tanto que la música de Bach es eminentemente macrocósmica, la de Beethoven nos llega como macro y microcósmica a la vez; o, más precisamente, se trata de una música eminentemente microcósmica (es decir, humana), pero en la que lo humano está exaltado hasta el nivel divino y cantado sub specie aeternitatis

Comencemos por las cuatro primeras notas. Constituyen un motivo-semilla que sonará no sólo a través del primer movimiento de la sinfonía, sino que se hará oír en todos. Se dice que Beethoven se refirió a estas cuatro notas como "el llamado del destino". Su ritmo es de un llamado imperioso, y el tutti orquestal al unísono nos hace sentir que expresan la voz del todo: la voz divina. Y ¿qué es la voluntad divina para el hombre sino el destino? 

Destino a la vez trágico y cómico (en el sentido Dantesco de la palabra), que se hace presente al individuo en forma aterradora y lo llevará a la desesperación antes de que éste sepa mantenerse heroicamente entero ante el dolor, y pueda así encaminarse a un triunfo glorioso, más allá de la vida y la muerte. 

Podemos contemplar las cuatro notas iniciales de la quinta sinfonía como un terrible hacerse presente de la realidad ante el ser humano. En el contexto de la música que sigue, podemos entender además ese llamado como un relámpago que pulveriza al individuo, a la vez como una energía fecundante que engendra en él una nueva vida. 

Personalmente, me resulta inevitable pensar en esas cuatro notas como un Nombre de Dios sonoro; un sello de Dios en su aspecto terrible. Más aún, no puedo evitar asociarlo al Tetragramaton mosaico. A pesar de que en aquél se trata de tres letras diferentes pero de cuatro fonemas, en tanto que en Beethoven se trata de tres notas repetidas y una diferente, sentimos que media entre ambas configuraciones algo así como una transformación topológica; y no deja de llamar la atención que coinciden en Beethoven este eco de la revelación del nombre divino revelado a Moisés con una veneración hacia esas palabras que el antiguo testamento pone en boca de Dios como explicación de su nombre, pero que Beethoven (que siempre las tuvo ante sí en su mesa de trabajo) atribuía a algún manuscrito egipcio: "soy el que soy".

Si nos dejamos llevar por la inspiración de escuchar en las primeras notas de la quinta sinfonía la voz de Dios, ¿qué nos sugieren las cuatro notas siguientes? 

Aunque en ambos casos Beethoven haga sonar todos los instrumentos de la orquesta al unísono, la repetición del "motivo del destino" en un grado más bajo de la escala nos suena como réplica humana a la voz divina o a la voluntada universal. 

¿Qué clase de réplica? Tratándose de una reiteración con una diferencia en algo así como estatura, sentimos que Beethoven responde a Dios casi con la potencia de Dios mismo. Su gesto es de desafío, como lo fue tan característicamente a través de su vida hasta en el momento mismo de su muerte (cuando, antes de desplomarse para siempre en su lecho, respondió a un relámpago incorporándose y levantando el puño al cielo). 

La breve secuencia de ocho notas (compuesta de cuatro más cuatro) constituirá el germen motívico de la estructura del primer movimiento. Después de la repetición del "motivo del destino" un tono más abajo (lo que implica, aun sin acompañamiento armónico, un paso armónico de tónica a dominante y de relativo reposo a tensión y suspenso) esperamos una tercera cosa, y sentimos como que la sinfonía misma fluye de este encuentro primordial de la conciencia humana con lo divino. 

En tanto que Beethoven comenzó su 1ª, 2ª y 4ª sinfonías con introducciones solemnes de cierta extensión, en la quinta ocurre como en la tercera: así como en la Eroica Beethoven simplememente comienza su sinfonía con algo así como dos pilares sonoros (con la repetición del acorde de tónica), en la quinta hace las veces de introducción la reiteración del "motivo del destino", que nos parece enunciado primero por el universo y recibido luego por el ser humano.


Después de oír esas dos afirmaciones esperamos una tercera, y con razón. Y si observamos en qué consiste esta tercera unidad formal que sigue a la doble reiteración del motivo del destino, observamos que también ella está constituida de una frase reiterada.



que a su vez sentimos como preludio a una tercera.



y más aún: podemos constatar que esta última es, una vez más, de estructura ternaria: 



La arquitectura sonora evoca en nosotros lo que en el plano visual llamaríamos una arborización; y más generalmente, una estructura fractual, en donde se repite una misma configuración en escalas o niveles de organización diferentes.

Y, ¿acaso no nos hemos encontrado con una estructura fractual al observar que en la sinfonía plenamente desarrollada la estructura del primer movimiento termina encontrando eco en la estructura conjunta de cuatro movimientos sucesivos? 

La música no sólo evoca un proceso semejante a aquél en virtud del cual cada hoja de un árbol refleja en su nervadura la forma del árbol entero; más importantemente sentimos que la fractua-lidad o isomorfismo de diversos niveles es una propiedad de la vida misma, e intuimos que ella sea una configuración particularmente propia de nuestro mundo experiencial.